El médico cardiólogo Alejandro Amarilla, entrevistado en Una Palabra, que se emite todos los sábados a las 9 Hs por LT7 AM 900, FM 95.3 Capital, FM Infodradio 106.3 y la Red Guaraní de Medios Audiovisuales, sostuvo que la medicina actual modificó sustancialmente la forma de comprender la obesidad y las enfermedades cardiovasculares, al considerar que ambas integran un mismo proceso biológico.
Según explicó, los avances científicos de los últimos años permitieron comprender que patologías tradicionalmente abordadas de manera separada, como la diabetes, la hipertensión arterial y la obesidad, forman parte de un continuo que comienza tempranamente y evoluciona progresivamente hasta manifestarse como enfermedad cardiovascular.
En ese sentido afirmó: “Hoy vemos por toda la investigación y los avances que hemos tenido en los últimos años que esta es una misma enfermedad y es un continuo que empieza a muy temprana edad con el hábito que tenemos los humanos y que se va instalando progresivamente a lo largo de los años para terminar en una enfermedad cardiovascular”.
Amarilla explicó que el término adiposopatía deriva de la combinación de las palabras adipocito y patía, y significa literalmente enfermedad del tejido adiposo. Precisó que esta condición se produce cuando el tejido encargado de almacenar energía deja de cumplir adecuadamente esa función y comienza a deteriorarse. “El tejido adiposo está enfermo”, resumió, al describir una situación que actualmente adquiere creciente relevancia dentro de la medicina preventiva y cardiovascular.
Para comprender el fenómeno, el especialista recordó que el tejido adiposo cumplió durante millones de años un papel esencial para la supervivencia humana, almacenando energía en épocas de abundancia para utilizarla durante períodos de escasez. Sin embargo, indicó que las condiciones ambientales y alimentarias cambiaron de manera drástica en tiempos recientes. “Los humanos pasamos de tener un ambiente con escasez alimentaria a un ambiente con demasiada abundancia alimentaria y todo el tiempo y a toda hora”, señaló, al referirse al contexto actual caracterizado por una disponibilidad permanente de alimentos.
EL IMPACTO DE LOS ALIMENTOS ULTRAPROCESADOS Y LA INFLAMACIÓN
De acuerdo con Amarilla, la transformación de los hábitos alimentarios constituye uno de los factores centrales en el desarrollo de la adiposopatía. Indicó que gran parte de la alimentación contemporánea está basada en “alimentos procesados o ultraprocesados e industriales”, muy diferentes de aquellos productos naturales para los cuales evolucionó el organismo humano. A su juicio, el exceso permanente de energía y el consumo frecuente de alimentos altamente palatables generan una sobrecarga que termina afectando la función normal de las células grasas.
El cardiólogo explicó que, cuando el tejido adiposo supera su capacidad de almacenamiento, la grasa comienza a acumularse en lugares donde no debería encontrarse. Mencionó como ejemplos la grasa visceral, la infiltración grasa del hígado, el tejido que rodea al corazón y otras localizaciones dentro y alrededor de los músculos y órganos. Según detalló, esta distribución anormal de grasa favorece el deterioro del tejido adiposo y constituye el núcleo de la adiposopatía.
Como consecuencia de ese proceso, las células adiposas comienzan a liberar “citoquinas inflamatorias”, sustancias que activan al sistema inmunológico y generan inflamación. Amarilla explicó que inicialmente este fenómeno es localizado, pero con el tiempo se extiende a todo el organismo. “Las personas que tienen adiposopatía, que tienen exceso de grasa y esa grasa está localizada en sitio donde no tiene que estar, tienen una inflamación clínica de bajo grado”, afirmó. Añadió que esta condición avanza silenciosamente y compromete progresivamente el funcionamiento vascular, cardíaco, cerebral y metabólico.
El especialista sostuvo que dicha inflamación crónica constituye uno de los mecanismos que explican la aparición de enfermedades como hipertensión arterial, diabetes, aterosclerosis, infarto agudo de miocardio y accidente cerebrovascular. “Esta enfermedad es la que nos provoca hipertensión arterial, nos provoca diabetes, nos provoca enfermedad de las arterias como la enfermedad aterosclerótica y termina provocándonos un infarto al final o un accidente cerebrovascular”, expresó al describir las consecuencias clínicas del proceso.
DEPORTE, PREVENCIÓN Y HÁBITOS SALUDABLES
En relación con la muerte súbita asociada a la práctica deportiva, Amarilla diferenció dos escenarios. Indicó que en deportistas jóvenes predominan las alteraciones genéticas o congénitas no detectadas, mientras que en mayores de 30 años las causas más frecuentes son enfermedades adquiridas vinculadas a factores de riesgo cardiovasculares y al desarrollo de aterosclerosis. Según explicó, la exigencia física intensa puede poner en evidencia patologías previamente desconocidas o desencadenar eventos cardiovasculares graves en personas aparentemente saludables.
Por esa razón, remarcó la importancia de los controles médicos previos a la actividad deportiva y consideró insuficiente limitar la evaluación a estudios como el electrocardiograma o la ergometría. “Lo recomendado de la deportología y la cardiología y la prevención hoy es detectar los factores de riesgo que tiene ese deportista”, sostuvo. Entre esos factores mencionó la alimentación, el tabaquismo, la calidad del sueño, los antecedentes familiares y la planificación adecuada del entrenamiento, elementos que deben ser abordados de manera integral para reducir riesgos futuros.
Finalmente, Amarilla destacó la necesidad de adoptar hábitos de vida saludables como herramienta principal de prevención cardiovascular. Recomendó “una dieta lo más natural posible”, con escasa presencia de alimentos procesados, evitando el tabaquismo, el alcohol y otras sustancias nocivas. Asimismo, enfatizó la importancia del descanso adecuado y afirmó que “el descanso es la parte invisible del entrenamiento”. Como orientación nutricional general, señaló que “la mitad de tu plato tiene que tener verduras y frutas”, complementadas con proteínas de origen animal o vegetal, legumbres y grasas saludables, dentro de una alimentación equilibrada orientada al cuidado metabólico y cardiovascular.
