El arzobispo de Corrientes, monseñor José Adolfo Larregain, presidió el solemne Tedeum por un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia y centró su homilía en la necesidad de fortalecer el compromiso con el bien común, la unidad nacional y la esperanza frente a los desafíos que atraviesa el país.
Ante autoridades provinciales, municipales, representantes de los poderes del Estado, fuerzas de seguridad e instituciones de la comunidad, el prelado convocó a agradecer “el don de nuestra patria” y a reflexionar sobre el legado de quienes, en 1816, asumieron la responsabilidad de construir una nación libre en un contexto marcado por profundas dificultades.
En el inicio de su mensaje, Larregain evocó el proceso histórico de la Independencia como una referencia vigente para la realidad argentina. Recordó que los protagonistas de 1816 “tuvieron la grandeza de soñar una nación libre y asumir las responsabilidades que ese sueño exigía”, aun cuando debieron enfrentar divisiones, incertidumbres y conflictos. Señaló que esa capacidad para mirar más allá de los intereses inmediatos y privilegiar un proyecto común constituye una enseñanza plenamente actual, especialmente en un escenario nacional que también presenta desafíos políticos, sociales y económicos.
El arzobispo dedicó un amplio tramo de su reflexión a describir las dificultades que afectan a numerosos argentinos. Expresó que “son muchos los argentinos que experimentan el peso de la pobreza, la fragilidad del trabajo, la incertidumbre económica y las dificultades para proyectar el futuro”, al tiempo que recordó que detrás de los indicadores existen personas concretas que enfrentan diariamente esas realidades. Mencionó a las familias que sostienen con esfuerzo sus hogares, a los jóvenes que buscan oportunidades, a los adultos mayores que requieren acompañamiento y a los trabajadores que procuran preservar la dignidad de sus vidas mediante el trabajo cotidiano.
EL VALOR DEL ENCUENTRO Y EL SERVICIO
Junto con las dificultades materiales, Larregain advirtió sobre una dimensión social que consideró igualmente preocupante. Manifestó que “existe otra pobreza que nos interpela profundamente: la del debilitamiento de ciertos vínculos sociales” y explicó que cuando “la desconfianza ocupa el lugar del encuentro, cuando la agresión reemplaza al diálogo y cuando el individualismo se impone sobre la solidaridad, se resiente el alma de la nación”.
En ese contexto, sostuvo que la reconstrucción del tejido social requiere recuperar la confianza, el diálogo y la solidaridad como bases indispensables para la convivencia democrática.
A partir de la lectura del profeta Oseas, el arzobispo presentó una reflexión de carácter pastoral sobre la presencia de Dios en la historia humana. Explicó que la imagen de un Dios que acompaña con paciencia a su pueblo debe convertirse también en inspiración para la vida social y política. En ese sentido, afirmó que “una patria no se construye solamente con indicadores económicos, con reformas legales o con acuerdos políticos. Todo ello es necesario, pero no es suficiente”.
Añadió que “una nación se fortalece cuando crece la confianza, cuando se cuida la dignidad de cada persona y cuando el bien común ocupa el centro de las decisiones”, mientras que “toda responsabilidad pública encuentra su sentido más noble en el servicio. La autoridad se dignifica cuando escucha, cuando busca caminos de encuentro y cuando pone en el centro a quienes más necesitan ser acompañados”.
Asimismo, Larregain definió el rol de la Iglesia frente a los desafíos sociales y políticos, aclarando que “la Iglesia no propone soluciones técnicas ni pretende ocupar espacios que corresponden a otros, pero sí tiene el deber de recordar que ninguna sociedad puede sostenerse sobre la indiferencia”.
En la misma línea sostuvo que “no hay futuro sólido cuando se naturaliza la exclusión. No hay verdadera grandeza cuando algunos quedan al margen. No hay paz duradera sin justicia ni fraternidad”. También recordó las enseñanzas del papa Francisco al afirmar que “nadie se salva solo” y señaló que el papa León “nos sigue invitando a renovar la cultura del encuentro como camino para fortalecer la convivencia entre los pueblos”, remarcando que esos principios constituyen una exigencia concreta para el presente.
ESPERANZA, RESILIENCIA Y ORACIÓN POR LA PATRIA
El arzobispo resaltó el valor de la esperanza como actitud indispensable frente a las dificultades. Señaló que los creyentes no desconocen los problemas que atraviesa el país, pero tampoco renuncian a confiar en la posibilidad de superar las crisis. Destacó que la historia argentina ofrece numerosos ejemplos de resiliencia, creatividad y solidaridad, y sostuvo que el pueblo ha logrado recuperarse en distintos momentos gracias a su capacidad para recomenzar y mantener viva la confianza en el futuro.
Como ejemplo de esa capacidad de recuperación, Larregain recurrió a un hecho deportivo de actualidad para ilustrar su mensaje. Expresó: “¡Qué lindo ejemplo es lo que estamos viendo estos días con la Argentina! En los últimos diez minutos cambió todo, y parecía que ya estábamos entregados y perdidos. Entonces, eso nos muestra que el cambio es posible, que es posible revertir las cosas y que la resiliencia existe, si somos capaces de trabajar en equipo, de sostenernos unos a otros y de animarnos”. Agregó que ese episodio, aunque “simplemente algo muy externo que sucede en un partido de fútbol”, permite extraer enseñanzas valiosas porque “nuestra vida es mucho más profunda que una cancha”, e invitó a reflexionar sobre esas experiencias como estímulo para la vida social.
Finalmente, el arzobispo convocó a elevar una oración por quienes tienen responsabilidades públicas y por toda la comunidad. Pidió “la gracia de la salud, especialmente para quienes gobiernan”, además de fortaleza para quienes trabajan por el bien común, consuelo para quienes atraviesan situaciones de sufrimiento y mayores oportunidades para los jóvenes.
Encomendó especialmente a Corrientes y a la Argentina a la protección de Nuestra Señora de las Mercedes y concluyó con una invocación para que el país avance hacia una sociedad “donde nadie se sienta descartado, donde la fraternidad sea más fuerte que las divisiones y donde la esperanza tenga siempre la última palabra”.
